jueves, enero 12

La luna y sus tamaños

Una mujer escribe en su teléfono. Nos movemos. De reojo me tranquilizo, porque la aplicación no parece de comunicaciones. Han dicho ya que los dispositivos portátiles deben estar en modo avión, y ella, con voz muy baja, como para sí misma, respondió enseguida que el suyo ya. Escucho un mensaje de texto y la descubro chateando. Hago un gesto, y me mira, y continúa en lo suyo. Espía para saber si alguien más la ha descubierto. La máquina se aleja del suelo, y me pongo histérico, pero detesto a los entrometidos y tengo fe en que la gente sabe lo que hace. "Quizá es urgente", pienso, "en cualquier momento lo apaga, y además ya tiene dos por ciento de batería". Pero noto que mantiene varias conversaciones al mismo tiempo, con emoticonos estúpidos e infinitos signos de admiración. Por fin la batería se termina y respiro profundo, pero entonces ella saca otro teléfono de su bolsa. Pinche vieja.
A medida que se eleva el avión y se aplastan los relieves geográficos, en el trayecto antinacional el pánico se confunde con la línea perdida entre los dos azules; con las expresiones de la azafata morena que nos ha explicado antes qué hacer en caso de que el avión se vaya al cuerno (porque nadie ha podido hacer funcionar las pantallas donde la aerolínea transmite sus comerciales), alegres, como si la disposición de un plan bastara para salvar la vida, y con la certeza engañosa de volver a ver a los que se despidieron de uno en el aeropuerto.
Ofrecen bebidas después de un rato. Descarto la opción con licor, porque ya estoy arriba y porque temo la inflamación intestinal que volvería incómodas las ocho horas del viaje. Bebo, cierro los ojos, escucho música y siento ganas de escribir. De pronto, he perdido mi bolígrafo. No está en los bolsillos del saco, en el asiento vacío que afortunadamente me ha tocado a un lado (gracias a mi heroica actitud ciudadana, porque la loca de los dos celulares se largó a otra fila después de que le recordé su desafío a prohibiciones cuya violación podría costarnos la vida) ni en el piso. Me tanteo, desesperado, porque siempre estoy perdiendo las plumas, sobre todo mis favoritas, y así temo no poder sostenerme mucho en el aire.
Tras quince minutos de la revolución que tengo en mi asiento, el pasajero de adelante se azota convulsivamente contra sus cojines, quizá para que yo vea que la inquietud es contagiosa y me tranquilice, pero su táctica recursiva no me inmoviliza aunque entiendo su lenguaje, porque, como suele suceder, mis motivos me resultan más importantes que los suyos.
¿Dónde está la azafata morena? No me da la gana que me regañe, para la satisfacción de mi vecino de enfrente o la de mi enemiga del principio, cuando me sorprenda a gatas entre los lugares D, E y F de la fila 23.
La señora de atrás ha metido su equipaje de mano bajo mi asiento, como lo ordenan las indicaciones de seguridad, y yo dudo si mi bolígrafo se habrá colado en esa bolsa dorada que me llena de prejuicios. No sé si por su aspecto o por su ubicación es que me resulta tan sospechosa.
Me he dado cuenta viéndole los pies que se acerca esa bonita azafata que ha querido engañarnos piadosamente al principio del vuelo. Rápido salgo del piso y regreso al asiento por el que pagué doscientos dólares, que convertidos son un montón de pesos. Me abrocho el cinturón y noto que está torcido en un extremo, desperfecto que se suma a mis inquietudes. ¿Me lastimará ese cinturón de tela en caso de que el avión haga piruetas? Vigilo el tránsito de la trabajadora del aire y ella me sonríe, quizá diestra en el arte de disimular la incomodidad que le causan los miles de ojos correteadores que viajan todos los días con ella. Se va, y me preparo para volver al piso, pero el avión empieza a temblar como una gelatina. Percibo un olor petrolero, y me pregunto si mi bolígrafo anarquista se habrá metido en alguna rendija a boicotear nuestra aeronave. Maldita aspiración a ser incendiario con las letras, que tenían que volverse armas a veintidós mil pies sobre el nivel del mar.
La máquina se estabiliza. Los personajes de los cuentos de hace ciento cincuenta años resolvían crímenes, concretaban amores o esquivaban la tuberculosis en un viaje, y yo he perdido el bolígrafo y me he detenido en la puerta del avión porque otro tenía un nombre igual al mío de San Juan a Panamá.
Miro por la ventanilla. La noche ha llegado a la ciudad antes que nosotros, y la luna platea las costas apenas visibles de Centroamérica. Me distraigo un instante y luego están distribuidos los barcos en filas uniformes como una colección de insectos luminosos en el canal. Ninguno está adherido con alfileres, técnica ya vetusta entre coleccionistas.
La tierra paulatina, como sus horas y sus estaciones, recupera su dimensión volumétrica tan suavemente que me percato con esfuerzos. A última hora el de enfrente coloca su asiento en posición vertical. Vuelve el contacto con el continente. Me asomo atrás, y la señora, que ha levantado su equipaje áureo, mira extrañada mi bolígrafo. Yo tenía razón sobre aquella maldita bolsa, a pesar de que la mujer de los teléfonos habría tenido un motivo. Recupero, pues, mi pluma cuando ya no la necesito, y la perderé de nuevo en el vuelo que irá sobre los asaltos, los asesinatos y las violaciones de mi patria.

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