jueves, mayo 11
Wayne, el "héroe" liberal
lunes, mayo 8
Sobre la libertad de expresión en la era de Internet, II
¿Creíanse que ya me había olvidado de este asunto? Pues no. Fui al monte a meditar sobre lo siguiente que sería pertinente discutir. Y me pareció de mucha importancia hablar primero sobre la libertad a secas, sin entrar en los términos de la manifestación de ideas.
La libertad no es un acuerdo, no es una designación legal, no es un reconocimiento social: es un fenómeno puramente individual, aunque el individuo responda a medios sociales, externos o biológicos. La libertad es producto de la capacidad que se tiene para decidir a partir de una ponderación de los efectos de todas las opciones posibles ante una situación determinada. En ese sentido, se es más libre mientras más precisas son las predicciones que uno puede hacer, factor que asimismo multiplica las opciones. Así, entre razón y libertad, o entre conocimiento y libertad, hay una relación directa y clara. Y si las predicciones determinan la elección, luego también se entiende que toda acción implicada en un proceso de libertad conlleva una valoración de las consecuencias. Llamamos responsabilidad a esta valoración, que liga intelectualmente el acto con sus efectos.
Tendemos a comprender el razonamiento como una capacidad con la que se nace (aunque no se nace con el lenguaje). Le tenemos tanta consideración en nuestra autodefinición, que lo matizamos para referirlo de diversas maneras según convenga: conciencia, voluntad, inteligencia, autonomía y singularidad (término recientemente adoptado por la ciencia ficción) son todos conceptos diferentes referidos a una misma cosa: la potencia de la libertad, su parte pasiva, la que ocurre en la mente humana y que alimenta todas las especulaciones sobre la espiritualidad. Su dirección, como ya quedó anotado, está a cargo de lo aprendido.
Detengámonos aquí en un asunto de suma importancia para defender el concepto de libertad, cuestionado últimamente por posturas deterministas. Como lo aprendido es producto no sólo de las operaciones neurológicas que ocurran en el cerebro del individuo, sino además del medio en el que éste se desenvuelve, valdría la pena dudar sobre el grado en que la evaluación que precede a una decisión es producto de la voluntad (otra palabra referida a la potencia de la libertad) de un ser cuya fisiología y cuyo entorno se gestaron fuera de su individualidad, aunque sí en su entorno corporal y en su esfera social. Es posible, así, cuestionar esta parte pasiva de la libertad, pues si los factores que intervienen en esta operación no tienen un origen controlado por la voluntad, enfrentamos el terror de que el resultado sea probablemente sólo el efecto inevitable de un montón de causas, y no la designación precisa de una entidad independiente.
Pero ¿no este temor se deriva de una concepción profundamente individualista de las distintas formas de la parte pasiva de la libertad? ¿No semejante idea es un laberinto recursivo? Pues, al preguntarnos de qué depende la voluntad y respondernos que de la conciencia, y al afirmar luego que ésta a su vez es producto de la inteligencia, y la última de la autonomía, ordenamos al azar los términos que previamente he señalado como referidos todos a la potencia de la libertad, de modo que esta torre de naipes debe conformarse con existir sólo en una cápsula estéril y aislada en la que se hacen creaciones a diestra y siniestra según se idea y se formula. Es decir, definimos la libertad como una utopía imposible en la que toda percepción y toda respuesta y la voluntad misma derivan de la propia voluntad, lo que nos acerca a usurpar el lugar de un dios que quizá hemos inventado (si esto es posible) y a actuar como locos desconectados de la realidad. Dios hijo, hijo de dios padre, engendrado por dios espíritu santo, todos el mismo. ¿Sorprende que, luego de definir la libertad de modo tan onanista, nos asuste que otros nos estén mirando? Conformémonos con definirla como la operación de los factores externos y los internos (incluida la continuidad de consecuencias anteriores que ahora volvemos a llamar efectos, con todas sus consecuencias); conformémonos con saber que hemos inventado, por ejemplo, a dios; que experimentamos y que la medida en la que experimentamos con la experiencia agudiza nuestra conciencia; conformémonos con saber que la conciencia es un hecho más empírico incluso que los otros hechos empíricos y experimentables que hemos dado en llamar investigación científica, porque nos permite percibirlos. ¿No basta con experimentar esa operación continua que llamamos conciencia para dejar de llorar porque los hechos que la ponen a trabajar no dependen de ella? Este lloriqueo se parece al llanto diario y en todas las horas por haber descubierto que el espíritu depende de un cuerpo y no es inmortal.
Prosigamos, ahora, con lo que es ya más corto. Si se es humano, se nace libre. Quizá también se nace libre si se es tigre, porque los tigres también aprenden, pero el ser humano ha estructurado su aprendizaje gracias a un lenguaje articulado; el ser humano se ha organizado en comunidades para protegerse de la naturaleza; el ser humano ha transformado su medio a partir de la influencia del propio medio y de la consideración de sus propias necesidades. Luego, el ser humano ha calculado, tiene más posibilidades que el tigre para aprender y tomar nuevas decisiones. El ser humano es entonces más libre que el tigre. Hay quienes aún dudan y afirman que el tigre es más libre, porque no se preocupa por las consecuencias y actúa. ¡Error! El tigre ha aprendido también a enfrentar algunas consecuencias. Un tigre expulsado de su territorio por otro no regresa, no corre el riesgo de morir. El ser humano calcula más consecuencias y por lo tanto observa más posibilidades: luego es más libre. La responsabilidad lo hace más libre. La razón lo hace sentirse diferenciado del tigre. Es la razón, esa parte pasiva de la libertad que podemos confundir fácilmente con términos como voluntad, la que permite al ser humano distinguirse orgullosamente (onanistamente) del resto de los animales. Por eso, el ser humano ha querido exagerar y encerrar su conciencia en un medio esterilizado, como si libertad y soledad fueran la misma cosa.
La libertad con la que nace el ser humano no es, pues, un reconocimiento que le dan otros seres humanos. Es el crecimiento fractal cuyas repeticiones son la continuidad y la memoria del resultado anterior, en tanto no puede aislarse de la conciencia. Un ser humano puede aprender el lenguaje creado en comunidad y luego negar a la comunidad sin que ésta pueda impedírselo. Y la dicha comunidad puede castigarlo, puede sancionarlo, puede crear un código penal, pero sólo puede convencerlo para aceptar las reglas si el individuo recibe algo a cambio: protección contra la violenta existencia en la naturaleza, por ejemplo. Si el individuo siente que las reglas que sigue no son prácticas para su existencia, si además cree que la impunidad es general, es capaz de actuar por su cuenta, y en ambos casos (el de seguir las reglas o el de no obedecerlas) ejerce su libertad sin que nadie se la haya reconocido, aunque los conocimientos que la rigen hayan provenido del medio social. La sociedad, creada para hacer frente al violento medio natural de persecuciones y cacerías, de hambre, tiene reglas a su vez para protegerse del caos que habría si todos los hombres actuaran sólo según la libertad que nadie les dio ni nadie tuvo que reconocerles. Y los seres humanos, a cambio de seguridad y para protegerse, adaptan su libertad a las condiciones que en sociedad se acuerden. No basta con nacer en una jurisdicción para estar sometido a sus reglas: la jurisdicción tiene que convencerlo a uno de que es conveniente seguir sus normas si desea estabilidad política. Así, la libertad no es un derecho en tanto no nace del acuerdo, pero la libre manifestación de ideas sí, como veremos en el siguiente apartado.
jueves, abril 20
Sobre la libertad de expresión en la era de Internet, I
Propongo, para empezar, una discusión ética, y no legal, en torno a la libertad de expresión. Primero, porque espero que la discusión ética guíe las consideraciones sociales sobre este tema, tan mentado en las últimas fechas. Y, después, porque el artículo 6o de nuestra maculadísima constitución dice así:
La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito, o perturbe el orden público; el derecho de réplica será ejercido en los términos dispuestos por la ley,y habría que preguntarnos si el orden público actual debe conservarse tal y como está, si no merecería alteraciones para que habite el ciudadano un ambiente más propicio para el cumplimiento cabal de la ley; este problemita ya lo panteó Francisco Zarco el siglo antepasado, y a pesar del canturreo sobre la maravillosa primavera institucional que usan las propias instituciones para defenderse de las críticas, le hicieron los años a tal señalamiento lo que el viento a Juárez. Además, y como el mismo Zarco apuntó sobre personajes de la talla de Santa Anna, habría que saber si es conveniente que individuos como Javier Duarte y sus terceros gocen de la garantía de que la manifestación de ideas no refiera su vida privada. Por otro lado, en tiempos de la diversidad habría que anotar qué moral no debe atacar la sobredicha manifestación de ideas: ¿es que ya llegamos a un consenso y nadie me informó? Y por último, abogados mexicanos, ¿la incitación a delitos no forma parte de otro marco legal? Porque yo podría denunciar a un individuo por sus amenazas, por su acoso, por su extorsión, pero no por expresar sus intenciones, que bien pudo haber ejecutado sin avisarme que pronto me echaría encima esos orines.
Así, pues, la discusión legal la dejo para los eruditos, para los abogados, para nuestro ilustrísimo Congreso, casa de lumbreras y gente capacitada sin lugar a dudas para tratar el asunto a sus anchas, como ha hecho hasta hoy pésele a quien le pese, aunque vayan y vengan las revoluciones. En resumen: prefiero depositar mis propósitos en otro lado, por el momento.
Para todo esto, parto en posteriores partes de este ensayito, publicadas en distintas entradas de mi blog, de varias definiciones que considero importantes para tratar el asunto, y que tal vez ameriten discutirse cada una extensamente y de manera independiente. Y aclaro de una vez que aborrezco la autoridad. No quiero ser una en este tema ni en otros similares. Así, adopto el ensayo también para alejarme de esa figura. Y lo lanzo como punto de partida, no como conclusión, que no podrá ser final jamás desde que la sociedad cambia. Sí, ya sé que la serpiente del aguilita republicana sigue coleteando por ahí, que ciertos apellidos de la clase política se mantienen desde entonces, como si en efecto nunca hubiera gobernado aquí un Porfirio Díaz ni un PRI, pero al menos puedo afirmar que El Siglo Diez y Nueve nunca tuvo una edición electrónica.
martes, abril 18
El Hombre pájaro salva Lalalandia
Yo no quería ver Lalalandia, pero me la chuté porque voy a seguir poniendo películas de ciencia ficción, que a mi chica la sacan de quicio (como Life, que es una película sobre una rata marciana imposible de atrapar). Y me gustó, señores. Me gustó desde ese musical en el embotellamiento, que es justo como me lo figuro en el Periférico cuando me quedo atascado. ¿La experiencia visual? Es lo de menos. Prefiero la experiencia irónica, que se percibe desde el nombre: ¿no es acaso "Lalalandia" el título justo para designar ese lugar en el que viven los soñadores romanticones que están solos en el mundo, iluminados siempre en sus propios escenarios y aplaudidos por sus propias fantasías? Cada proyección irreal es una nueva canción insoportable, melosita, exagerada.
Lalalandia y el Hombre Pájaro tienen mucho en común. El personaje de Keaton y el personaje de Gosling, con un pasado de fracasos artísticos, de infravaloración, esperan su oportunidad en las sombras, absorbidos por el sueño de ser adorados por un público al que desprecian. No sabemos si un encuentro con la realidad termina de convecerlos, ¿al final creen vencer el primero a la famosa crítica que se cruza con él en un bar, y el segundo al músico rival que lo invita a formar parte de su banda, aunque el pianista sea un grano en el culo? El interpretado por Keaton se lanza por una ventana, completamente enloquecido (es lo que nos sugiere el final de su película), y el interpretado por Gosling toca en su club una melodía para una sola persona con la que no puede ya comunicarse con palabras: lástima, el hubiera no existe, chavos, no viviste tu sueño con la chica de tus fantasías.
Pero es que además el personaje de Emma Stone, que acompaña al pianista y al hombre pájaro en su ascenso, es la verdadera víctima del fracaso constante de ambos. Como novia de uno, se deja absorber por sus fantasías (que a ella sí le funcionan, aunque ya tiene un segundo plan por si las cosas se van al cuerno, lo cual considera muy probable después de aterrizar del malviaje de éxito desconsiderado que le contagió el otro cual asquerosa enfermedad venérea). Como hija de otro, necesita escapar de los delirios constantes del padre mediante las drogas. A uno lo ve comprometerse con la música que no le gusta (única forma para obtener dinero) en un trabajo absorbente en el que hay que soportar fotógrafos idiotas. A otro lo ve pegarse un tiro para recuperar la fama. No va a funcionar, y ella lo sabe. Escapa, Emma, sé libre, haz tu vida y no te entristezcas con finales alternativos. Gosling no es un hombre suficientemente firme para planear una vida. Keaton no vuela.
La muerte del autor es lo mejor que le puede pasar al personaje de Emma, que es casi el mismo en las dos películas, y quién sabe si también en aquella que interpretó ficticiamente en Francia, basado en esa personalidad inexistente, según el equipo de dirección de utilería que la contrató en Lalalandia. Y ustedes, ¿quieren ser famosos? Olvídense de sus lectores, porque al final ellos también se vengarán cuando se apropien del arte que ustedes hagan. Olvídense de la realidad, aunque no puedan evitar estar parados en ella.
jueves, enero 12
La luna y sus tamaños
Una mujer escribe en su teléfono. Nos movemos. De reojo me tranquilizo, porque la aplicación no parece de comunicaciones. Han dicho ya que los dispositivos portátiles deben estar en modo avión, y ella, con voz muy baja, como para sí misma, respondió enseguida que el suyo ya. Escucho un mensaje de texto y la descubro chateando. Hago un gesto, y me mira, y continúa en lo suyo. Espía para saber si alguien más la ha descubierto. La máquina se aleja del suelo, y me pongo histérico, pero detesto a los entrometidos y tengo fe en que la gente sabe lo que hace. "Quizá es urgente", pienso, "en cualquier momento lo apaga, y además ya tiene dos por ciento de batería". Pero noto que mantiene varias conversaciones al mismo tiempo, con emoticonos estúpidos e infinitos signos de admiración. Por fin la batería se termina y respiro profundo, pero entonces ella saca otro teléfono de su bolsa. Pinche vieja.
A medida que se eleva el avión y se aplastan los relieves geográficos, en el trayecto antinacional el pánico se confunde con la línea perdida entre los dos azules; con las expresiones de la azafata morena que nos ha explicado antes qué hacer en caso de que el avión se vaya al cuerno (porque nadie ha podido hacer funcionar las pantallas donde la aerolínea transmite sus comerciales), alegres, como si la disposición de un plan bastara para salvar la vida, y con la certeza engañosa de volver a ver a los que se despidieron de uno en el aeropuerto.
Ofrecen bebidas después de un rato. Descarto la opción con licor, porque ya estoy arriba y porque temo la inflamación intestinal que volvería incómodas las ocho horas del viaje. Bebo, cierro los ojos, escucho música y siento ganas de escribir. De pronto, he perdido mi bolígrafo. No está en los bolsillos del saco, en el asiento vacío que afortunadamente me ha tocado a un lado (gracias a mi heroica actitud ciudadana, porque la loca de los dos celulares se largó a otra fila después de que le recordé su desafío a prohibiciones cuya violación podría costarnos la vida) ni en el piso. Me tanteo, desesperado, porque siempre estoy perdiendo las plumas, sobre todo mis favoritas, y así temo no poder sostenerme mucho en el aire.
Tras quince minutos de la revolución que tengo en mi asiento, el pasajero de adelante se azota convulsivamente contra sus cojines, quizá para que yo vea que la inquietud es contagiosa y me tranquilice, pero su táctica recursiva no me inmoviliza aunque entiendo su lenguaje, porque, como suele suceder, mis motivos me resultan más importantes que los suyos.
¿Dónde está la azafata morena? No me da la gana que me regañe, para la satisfacción de mi vecino de enfrente o la de mi enemiga del principio, cuando me sorprenda a gatas entre los lugares D, E y F de la fila 23.
La señora de atrás ha metido su equipaje de mano bajo mi asiento, como lo ordenan las indicaciones de seguridad, y yo dudo si mi bolígrafo se habrá colado en esa bolsa dorada que me llena de prejuicios. No sé si por su aspecto o por su ubicación es que me resulta tan sospechosa.
Me he dado cuenta viéndole los pies que se acerca esa bonita azafata que ha querido engañarnos piadosamente al principio del vuelo. Rápido salgo del piso y regreso al asiento por el que pagué doscientos dólares, que convertidos son un montón de pesos. Me abrocho el cinturón y noto que está torcido en un extremo, desperfecto que se suma a mis inquietudes. ¿Me lastimará ese cinturón de tela en caso de que el avión haga piruetas? Vigilo el tránsito de la trabajadora del aire y ella me sonríe, quizá diestra en el arte de disimular la incomodidad que le causan los miles de ojos correteadores que viajan todos los días con ella. Se va, y me preparo para volver al piso, pero el avión empieza a temblar como una gelatina. Percibo un olor petrolero, y me pregunto si mi bolígrafo anarquista se habrá metido en alguna rendija a boicotear nuestra aeronave. Maldita aspiración a ser incendiario con las letras, que tenían que volverse armas a veintidós mil pies sobre el nivel del mar.
La máquina se estabiliza. Los personajes de los cuentos de hace ciento cincuenta años resolvían crímenes, concretaban amores o esquivaban la tuberculosis en un viaje, y yo he perdido el bolígrafo y me he detenido en la puerta del avión porque otro tenía un nombre igual al mío de San Juan a Panamá.
Miro por la ventanilla. La noche ha llegado a la ciudad antes que nosotros, y la luna platea las costas apenas visibles de Centroamérica. Me distraigo un instante y luego están distribuidos los barcos en filas uniformes como una colección de insectos luminosos en el canal. Ninguno está adherido con alfileres, técnica ya vetusta entre coleccionistas.
La tierra paulatina, como sus horas y sus estaciones, recupera su dimensión volumétrica tan suavemente que me percato con esfuerzos. A última hora el de enfrente coloca su asiento en posición vertical. Vuelve el contacto con el continente. Me asomo atrás, y la señora, que ha levantado su equipaje áureo, mira extrañada mi bolígrafo. Yo tenía razón sobre aquella maldita bolsa, a pesar de que la mujer de los teléfonos habría tenido un motivo. Recupero, pues, mi pluma cuando ya no la necesito, y la perderé de nuevo en el vuelo que irá sobre los asaltos, los asesinatos y las violaciones de mi patria.
lunes, diciembre 19
La vida fácil. Por entregas.
jueves, junio 30
El día de la independencia: contraataque
¿Es realmente una mala película?
En la imaginación del paranoico capitalista, cualquier cosa que tenga una conciencia colectiva es el enemigo: caído el muro de Berlín, los comunistas tienen que venir del espacio, y los aliados contra la estética oscura e imponente de la propaganda marxista tienen que haber trascendido la existencia biológica y evolucionado hacia la forma de las iMac, bandera indiscutible del diseño gráfico. No importa si la relación entre los personajes está estancada, no importa si están en coma, o si deben tratar sus traumas de la guerra con poderosos antipsicóticos: no hay tiempo de que solucionen sus problemas por las buenas. Lo que une al ser humano es la lucha contra el comunismo intergaláctico. Lo que lo motiva a levantarse es la psicopatía de la guerra, una tan torcida que la iMac espacial, a la que ya le han disparado al principio de la trama, teme por su seguridad y declara a la humanidad "especie sobresaliente", a pesar de que ya ha hablado de su carácter primitivo en su primer mensaje. El objetivo primordial de las Mac, como todos sabemos, es hacer significativa la comunicación humana, trascender el mensaje de texto, de tal modo que pueda expen cualquier idioma.
Dos puntos hay que retomar. Uno mínimo, primero: el de las motivaciones del ser humano. Si no eres psicópata, eres alcohólico y ambicioso. No importa que una nave alienígena mande un rayo asesino cerca de tu embarcación: no te vas a mover si estás persiguiendo un galeón español lleno de doblones. Y no importa que se destruya el mundo, no vas a trabajar y a dejar la botella a menos que alguien te ofrezca cien millones de dólares. La recompensa final no es sobrevivir, sino haberte vuelto millonario, para poder seguir bebiendo por toda tu vida sin preocupación alguna.
El otro punto es la continuidad de esta secuela, que en realidad parece remake. No sólo porque las escenas se repiten una y otra vez (demasiado guiño se convierte en tic, y los tics son comunes en los problemas psicóticos que vuelven al ser humano una especie tan idónea para la guerra), sino porque todos despertamos con el comatoso de pronto, tan ávido de ir a partir madres que se olvida de que las piernas no han de servirle, y sin terapia alguna de rehabilitación corre emocionado a tomar un arma espacial. Todos despertamos, decía, para darnos cuenta de que la guerra no ha terminado. Vivimos por la guerra y despertamos por la guerra. La guerra nos une. Veinte años pasaron para ver que las cosas no han avanzado: la corrupción lo ha estancado todo en los mismos protagonistas o en los hijos de los protagonistas en puestos estratégicos. Si quieres tener un papel importante, cásate con la hija de un protagonista.
¿La actuación de las mujeres? Sólo es importante si eres del bando de los malos. La presidenta muere sin hacer nada, y el verdadero presidente, el héroe vivo cuya cara ha de salir en los billetes de cinco dólares, hace lo que sabe hacer. La conciencia virtual femenina encarnada en una iMac milenaria sólo sirve para llevar mensajes de correo electrónico. La chica piloto sólo es útil cuando ve morir al padre y luego queda inmovilizada. La profesional admirada que da autógrafos a todo el mundo queda absolutamente opacada ante el mando imponente del superior, el hijo de Will Smith, o ante los dones indiscutibles del tipo que la pretende. Sólo la reina alien pone en jaque a todo el mundo.
¿La diversidad? Trabaja en distintas escalas individuales. No es válida de otra forma. Los latinos viven en su mundo aislado de los temas internacionales seguramente peleando contra el narco. Los homosexuales no se besan, y se acoplan al mundo en tanto puede demostrarse que tienen una vida perfectamente familiar. Los africanos no se adaptan a la tecnología, quién sabe por qué, y prefieren usar machetes y seguir en la guerrilla.
Y, por todo esto, y más que no recuerdo de sopetón, ¿es una mala película? Depende. Primero quisiera saber si tanta mamada es intencional. Si lo es, la película es excelente: somos una raza psicópata que causa terror hasta en las civilizaciones más avanzadas y cuya clave del éxito es el amor al dinero y el sometimiento de las mujeres, un resumen de nuestra historia y de nuestra proyección en el porvenir. El nivel crítico es superior. Si no hay intención, la película sigue siendo excelente, a pesar de todas sus fallas técnicas: no hay forma de que ocultemos las características más sucias de nuestra cultura, y las hacemos evidentes en nuestras más costosas fantasías, porque si de algo estoy seguro es de que esta película no fue barata.
jueves, marzo 6
DECLARACIÓN ESTÉTICA Y CONVOCATORIA PARA JUGADORES DE NAIPES (experimentos de poética primordial)
pero hoy que juego al hombre me propongo el principio de la no determinación, de elevar el cometa sin ánimos. ¿qué importan los huevos, si lo que importa es el vuelo? para eso estamos aquí: para elevar papalotes, y nada más. aunque el papalote se haga pedazos y se desgarre contra piedras y yerbas, yo lo quiero volar hasta más allá de los cables de alta tensión, hasta más allá de franklin y de la tormenta, así, todo cabizbajo. no valen los mentones girasoles: lo que importa es correr con el hilito aunque se quede sin papalote por las piedras y las yerbas feroces. ya vendrán los gatos a perseguir el cabo, y entonces volaré los gatos (¡fum!). ¿y si no me dan permiso? ¡nada vale la cabeza en alto! lo que importa es estampar los gatos contra las nubes, así, aunque no sirva para nada ni me dé sus vobos la autoridad. no es lo útil lo que hay que perseguir, sino lo importante. no es primordial la determinación ni el reconocimiento ni la cuenta bancaria ni la beca del sistema federal anticometas. son los papalotes y los gatos encielados lo fundamental, y yo los voy a encielar a ustedes y a los gatos y a lo que se me ponga enfrente, aunque después nadie sepa que fui yo cuando se vean las nubes con perforaciones felinas. ¿de qué sirve embarrar mi firma? ¿pintar un cuadro y luego mearlo? a lo mejor, pero mearlo en serio entonces.
las tentaciones deliciosas importa vivirlas y no contarlas. los niños por eso se divierten, hay que imitar a los niños. y queden los estudios de la vida eterna para adorno de vueltas en la cama.
sábado, febrero 22
Raíces en las nalgas
Se ha disipado el sueño de la conquista espacial: basta con enviar satélites que diseminen la red por todo el universo. Instalemos un servidor en la luna y hagamos ventas espaciales. Vendamos el fondo del mar, con nombres inventados y certificados (inflado el precio del metro cuadrado si se vende desde la superficie de Plutón). La poesía se inventó desde hace siglos, pero no hay nada tan tangible ni tan creíble como un título de propiedad. ¿Te doy el cometa Halley? Payasadas. Todos dan cometas y estrellas y asteroides y el cielo entero. Antes disputaba la propiedad el poeta con los filos de su estilo, pero hoy las letras de fuego imponen la supremacía de quien posea el documento oficial. ¿Quién podía tragarse tantas promesas siderales sin la garantía expedida por una corporación de cartas amorosas?
No es más fantasioso el siglo XXI que otros tiempos. Pero tampoco es más real. La originalidad ha sido derrocada y suplantada por la promesa burlona de la verdad.




